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“La ropa sucia se lava en casa, pero si no está untada de sangre”

El caso de Marcela González, novia de Gustavo Rugeles, describe el de muchas mujeres maltratadas en Colombia. La psiquiatra Isabel Cuadros, directora de Fundación Afecto, que trabaja contra el maltrato infantil, explica cuál es el perfil de un agresor y qué hacer frente a un abuso en una relación sentimental

El caso de Marcela González fue noticia de nuevo esta semana. El año pasado González denunció a su novio Gustavo Rugeles por maltrato y de dicha acción quedó un proceso judicial que confirma las agresiones, aunque luego ella misma retiró la denuncia. Sin embargo, los actos violentos no cesaron y volvió a las autoridades. A pesar de esto, la semana pasada los colombianos escucharon atónitos a Marcela defender a su agresor. “Todo el mundo merece el beneficio de la duda”, dijo ante los micrófonos de Blu Radio. En pocos minutos ella recibió mensajes de texto de su pareja que le hicieron cambiar de opinión y en entrevista con la W dijo “me dijo que yo soy una cínica, que no me lo va a perdonar nunca y que aún en la cárcel no se olvidará de mí”.

Este caso, complejo y lleno de contradicciones, es uno de los pocos que saltan a los medios de comunicación, pero está lejos de ser el único. Muchos similares a este se viven de manera oculta ante los ojos de los colombianos. El maltrato a las mujeres ocurre extensamente en el país. La encuesta ENDS 2015 del Ministerio de Salud señala que el número de víctimas asciende a 36 por ciento, una cifra aterradora, que significa que más de 4 millones de mujeres estarían en esta situación. 

Lea también: ¿Por qué algunas mujeres maltratadas defienden a sus agresores? 

Según la psiquiatra Isabel Cuadros, el caso de González es el típico síndrome de la mujer maltratada, una forma de tortura que es intencional, dirigida y que se vale de una serie de mecanismos iguales a los que utiliza un torturador: aislar a su víctima, hacerla culpable de todo y monopolizar su atención. “La mujer solo puede hablar con el abusador y les rompen toda su red psicosocial: le dicen ‘tu mamá es una bruja, tus hermanas no te sirven, el terapeuta es tu enemigo número uno‘”, dice la experta. El victimario logra que la persona se identifique con la culpa del otro y por eso su discurso es ‘ella me hizo que yo hiciera eso’, ‘ella no me planchó la camisa’, ‘no me tuvo el almuerzo’.

En ese adoctrinamiento, la mujer se convence de ser la responsable de la violencia del otro. Algunas mujeres tratan de defenderse y contraatacar, pero la violencia de un hombre suele ser más letal, lo dicen casos en que las mujeres terminan quemadas, abaleadas, apuñaladas y estranguladas, que es la forma más fácil de matar. Para muchos es una epidemia oculta que no respeta estrato. De hecho, en las clases altas tiende a ser grave porque estos agresores tienen dinero y poder y pueden moverse en el sistema más fluidamente que las personas con menor capacidad económica. Según una investigación de la Universidad de los Andes, el fenómeno le cuesta al país 3 puntos del PIB, no solo por las muertes sino por las discapacidades, entre las que están desfiguración del rostro y pérdida de la visión. 

La víctima piensa que el otro va a cambiar, que está mejorando y haciendo esfuerzo por su relación, “pero las estadísticas muestran que esto no va a ocurrir”, señala la experta, pues estas personas no cambian a no ser que hagan procesos terapéuticos serios y controlen su rabia. Muchas veces necesitan medicación porque tiene alteraciones psiquiátricas y neurológicas. Por eso cuando una persona maltratada se arrepiente de denunciar a su agresor no significa que no se haya cometido un delito contra ella. Es cierto que las relaciones de pareja son asuntos privados, pero según Cuadros, “no cuando están untadas de sangre”.

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En dichos casos el Estado debe considerarlo una afrenta contra sí mismo e intervenir. Es necesario, sin embargo, que exista una política pública integral y funcionarios que no actúen basados en estereotipos sino sobre el derecho. Además, los funcionarios deben aprender a medir el riesgo que tienen las mujeres. Ellas a su vez deben aprender a identificar quiénes son potenciales abusadores y, en los casos graves, saber que lo mejor es acudir a la justicia, a la terapia o irse, pues nada, ni el amor, legitima la violencia contra las mujeres.

Ante el primer golpe huir

Hay escalas para conocer el riesgo del caso. Una es que el agresor tenga armas con las que pueda asesinar a la mujer. El momento más crítico para ellas, según Cuadros, es cuando toman el control de sus vidas y dicen ‘me voy’. “Ahí es cuando ocurren la mayoría de homicidios porque esos hombres no toleran que la mujer los abandone”.

Desafortunadamente cuando llega el primer golpe el ciclo de maltrato ya está avanzado. En la violencia grave se aplica todo tipo de mecanismos psicológicos para someterla, por eso cuando la golpean ella ya no tiene como responder. “El abusador intencionalmente le ha quitado todas sus herramientas de defensa”, dice Cuadros. Son mecanismos que paralizan, las dejan en una posición débil frente a abusador y todo eso les impide salir de este ciclo por sí mismas. Sin embargo, las mujeres sí quieren salir de la violencia y que no las siga golpeando.Si la golpea, la agrede o la maltrata es obvio que deben salir y buscar otra pareja”, agrega.

En contexto: “No hay que quitarle credibilidad a la víctima porque denuncia a su agresor y luego lo justifica” 

Las personas maltratadoras crecen en familias violentas y han tenido un nivel de abuso emocional alto. Por lo general son psicopáticas: no tienen remordimiento ni culpa ni tienen capacidad de verse a sí mismos. “Es un individuo con cambios súbitos de humor, estrés postraumático, mallas relaciones con la madre, misógino, no respeta los límites y puede invadirla corporalmente y decirle cosas desagradables o utilizar la fuerza física en la sexualidad, amenazar con violencia, para luego argumentar que era de mentiras”, explica la experta.

Los mayores obstáculos para el manejo de la violencia contra las mujeres en Colombia es la cultura machista que legitima lo que el hombre hace, y en la que las mujeres también inmersas. Incluso la reflejan los funcionarios cuando les aconsejan a las mujeres que ‘no lo provoque’, ‘no lo denuncie’, ‘eso se le puede voltear’.

Tampoco ayuda que para la mayoría de los funcionarios en la justicia pese más la palabra del hombre. “A las mujeres las creen mentirosas y manipuladoras e incapaces de sobrevivir a un divorcio, y eso no es cierto”, dice. La cultura les permite a los hombres hacer cualquier cosa cuando están bravos. Ellos pueden ser agresivos y promiscuos. Los hombres se burlan de las mujeres y les dicen ‘la fiera’ y todo eso que denigra y descalifica lo dicen en broma, pero está sosteniendo el statu quo de la violencia contra la mujer 

Para corregir eso hay que hacer cambios legislativos y promover refugios para mujeres que cuenten con terapeutas entrenados en violencia y abogados que reaccionen desde el derecho. La víctima siempre está en inferioridad y no importa si se arrepiente o no, el Estado debe ayudarla y protegerla. Hay que tomarse en serio la violencia y no va a parar si no hay acción decidida del Estado y la justicia y del sector salud.

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