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| 3/31/2018 10:01:00 AM

Cuando dar a luz es pura oscuridad

La culpa, la vergüenza y el tabú social hacen que el tema de la depresión posparto sea uno del que se hable en voz baja y en consultorios. Muchas mujeres lo desconocen.

¿Qué es la depresión posparto y por qué se habla tan poco sobre ella? La depresión posparto es un trastorno del afecto, de la regulación emocional, que ocurre durante el embarazo y durante los meses posteriores al parto. Foto: Pixabay

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Lo dicen los comerciales de pañales, el nacimiento de un hijo debe ser el momento más feliz en la vida de una mujer. Todo sonrisas, todo amor, todo besos y mordiscos en las colitas de los bebés. Pero la realidad del posparto dista, y mucho, de la idea que nos han querido vender. Y desde Hipócrates (el padre de la medicina) se ha sabido, y se ha registrado, que el estado mental de una madre recién parida es frágil. A la falta de sueño y la recuperación de las heridas del nacimiento, se unen la angustia de no saber qué se está haciendo, el malestar del cuerpo maltrecho, los dolores del inicio de la lactancia, y una caída hormonal más vertiginosa que un salto en paracaídas. Y esas hormonas, inevitablemente, afectan los estados de ánimo y de atención. Toda esa progesterona y estrógeno que circuló por el organismo de la madre durante nueve meses, sale corriendo después del nacimiento de la placenta y el cerebro queda en un estado de: “¿Uy, y acá qué pasó?”. Mientras eso ocurre se supone que la oxitocina, la hormona del amor y el apego, debe trabajar tiempo extra para asegurar el vínculo entre la madre y el bebé. Aunque parezca que la naturaleza es perfecta, en todo ese proceso se pueden dar errores, así sea pequeños, que llevan a que la madre sufra de depresión o ansiedad posparto.

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Para poder explicar bien qué es la depresión posparto conversé con el psiquiatra y neurocientífico Hernando Santamaría, quien me aseguró que este es un trastorno del afecto, de la regulación emocional, que ocurre durante el embarazo y durante los meses posteriores al parto. “Se caracteriza por ser una depresión similar a otras. Estados de tristeza no plásticos, que no se recuperan fácil. No es flexible el afecto”, me aseguró. “Surgen problemas cognitivos, dificultades para tomar decisiones, problemas de memoria, pensamientos catastróficos, ideas depresivas como sentirse no eficaces para el cuidado del bebé. Inundado por la responsabilidad, la desesperanza y la culpa por no cumplir con la idoneidad que se espera del rol”.

Después de escuchar esto le pedí al doctor Santamaría que ahondara un poco más, pues eso que él estaba describiendo, en mayor o menor grado, era lo que yo también había sentido durante los primeros días del posparto. Y yo no tuve depresión posparto, quiero aclarar. Pero la realidad es que durante aproximadamente 40 días después del nacimiento de mi hijo lloré a mares, me sentí profundamente incompetente, me imaginé todo tipo de escenarios catastróficos, le juré a mi hijo que jamás me enfermaría o me moriría, sentí el peso del cambio de mi vida y mis nuevas responsabilidades, no dormí más de dos horas seguidas, y aunque nunca dejé de bañarme sí paré de echarme cremas (cosa que es completamente anormal en mí). “Es natural. Ocurre y no es un trastorno, que haya cambios en el ánimo durante la etapa del posparto”, me tranquilizó él. Y me explicó que existen los llamados estados ‘blue’ (babyblues), síntomas de tristeza que no duran mucho, pero que sobre todo no afectan la funcionalidad de la madre. Es decir que no perturban su rol de cuidado. “Una de las consecuencias que tiene la depresión posparto es que es tan fuerte que afecta el rol de cuidado. Entonces la mamá no quiere estar cerca del bebé e incluso puede tener sensaciones de querer rechazar al bebé”. Pero también allí hay niveles de severidad que pasan de los estados de ansiedad a los ataques de pánico, la depresión profunda y hasta la actitud amenazante hacía sí misma o hacía el bebé, y los síntomas psicóticos (perder el contacto con la realidad).

Una de cada 6 a 7 mujeres está en riesgo de padecer depresión posparto, según me informó Santamaría. Y uno de cada 6 a 8 hombres. “Los padres también pueden estar en estado de vulnerabilidad una vez aparece el embarazo y el parto. Se cree que en estos casos también influyen la oxitocina y los cambios emocionales por el nacimiento del bebé”.

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Vea pues, mujeres y hombres son susceptibles de padecer depresión posparto. Y aun así existe un subregistro a nivel mundial, pues muchos casos no cuentan con el acompañamiento de psiquiatras o psicólogos. Además, este trastorno es uno de los menos estudiados dentro de las neurociencias, pues, como suele suceder en todo el espectro de las ciencias médicas, los malestares que aquejan principalmente a las mujeres tardan mucho en recibir atención. Basta solo ver lo poco que se sabe aún sobre el síndrome de ovario poliquístico, la endometriosis, la vulvodinia, etc. “No se sabe tanto sobre esta depresión como sobre otras, pero es un tema promisorio, porque incluye la problemática de moda: la interacción del cerebro, el comportamiento y los sistemas hormonales”, anticipó el doctor Santamaría antes de despedirse. En nuestra conversación enfatizó también que: “El cuidado de un bebé tiene implicaciones religiosas y socioculturales. Es un momento en que las mujeres son evaluadas en su rol social de idoneidad. Pero la única forma de interacción social de una mujer no puede ser la maternidad”, aseguró.

Mala madre
Que una madre no sienta apego por su bebé es quizás el peor pecado que se pueda cometer dentro de lo que la sociedad percibe ha de ser la maternidad. La madre desnaturalizada. Es obvio que ante aquel estigma, que ante aquella culpa, una mujer que comience a sentir que quizás haber dado a luz no es su momento más glorioso, su punto máximo de realización y felicidad extrema, que tenga dudas, miedos, o abiertamente ataques de pánico o estados de tristeza y desolación de los que no puede salir, tenga miedo a decir algo al respecto. El yugo de ser juzgada por otros, y por sí misma, como una “Mala Madre” (así con mayúscula) es muy grande. Por eso el silencio.

Yo sabía de la depresión posparto desde antes de quedar embarazada y le tenía pánico. Era tal mi miedo y mi deseo de no sufrirla que decidí hacer todo lo posible por tener un parto natural y sin medicamentos (cosa que no se dio, me indujeron y luego me hicieron una cesárea), practicar la placentofagia (sí, me comí mi placenta y en otro artículo les contaré al respecto), y lactar a demanda y todo el tiempo que fuera necesario para activar la oxitocina a toda costa (tanto así que di teta por dos años y ocho meses). Todas esas cosas las hice porque hay estudios que indican que recibir oxitocina sintética durante el parto y tener una cesárea aumentan las probabilidades de sufrir de depresión posparto. También hay otros que aseguran que al devolver nutrientes y hormonas de la placenta al organismo se ayuda a evitar la caída hormonal severa que trae consigo el posparto, que por eso es que todos los demás mamíferos consumen su placenta después de parir. Y que la lactancia exitosa es el vehículo de apego entre madre e hijo por excelencia, pues es el reino de la oxitocina, del amor líquido.
Pero nada, absolutamente nada, puede evitar que se llegue a sufrir de depresión posparto y eso lo descubrió Juanita, la mamá de Martina, en carne propia. “El primer ataque de angustia, que era más pánico, fue al mes de nacida mi bebé”, me contó. “Antes había estado normal. Es más la primera vez que vi a Martina sentí una paz inmensa, el amor más grande y las ganas absolutas de protegerla. Nunca sentí rechazo”. Pero los ataques se repitieron muchas veces durante los siguientes 4 meses. “Sentía que algo malo me podía pasar a mí o a mi bebé. Tenía mucho miedo e inseguridad. Pensaba lo peor. Tenía miedo de que me la robaran. Todo muy irracional, pero ahí estaba el miedo en la cabeza”.

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Pedir ayuda, acudir a terapias psicológicas y recibir medicamentos psiquiátricos para manejar la ansiedad fue lo que la ayudó a salir de ese estado. Y hoy se siente plena como madre, ya no tiene episodios y puede disfrutar de la crianza de su hija, sin miedo. “Creo que las mujeres con este trastorno tenemos mucho miedo de ser tachadas de malas mamás o de locas. Es duro porque algunas personas no creen que esto es real, que es un proceso químico en el cerebro”, me aseguró Juanita. “Sobre todo aceptar que uno está mal, a pesar de tener lo más lindo de la vida al lado, es una ambigüedad muy grande”.

Una ambigüedad que puede poner en riesgo la vida de la madre y la vida del bebé. Por eso este tema necesita recibir un trato digno y dejar de habitar en el silencio de la vergüenza. Porque es una enfermedad, porque es un trastorno, y sobre todo porque puede ser tratado si se detecta a tiempo. Las mujeres y las madres no estamos destinadas al sufrimiento, no tenemos que vivir con miedo. Por eso si usted siente emociones que no puede explicar, que son profundas y que la incapacitan para reaccionar ante el cuidado de su hijo, hable con su médico, hable con su familia. Y si no la quieren escuchar, insista. Sufrir de depresión posparto no la convierte en una mala madre.

*Editora de SEMANA y autora de las novelas Un amor líquido y El cuaderno de Isabel (Grijalbo).

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