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Opinión

  • | 2020/02/19 10:52

    Un nuevo paradigma

    Se sigue acumulando evidencia que demuestra que el enfoque mundial que usamos para superar el problema de las drogas fracasó. Rafael Pardo, en su libro 'La Guerra Sin Fin', hace un requisitorio contundente y claro que invita a repensar cómo debemos enfrentarlo.

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Desde comienzo del siglo XX se inició un combate frontal contra las drogas. Desde entonces se estableció que la fórmula más eficaz para hacerlo era sencilla: eliminar la oferta o, en su defecto, reducirla al máximo. Si se lograba esto, el efecto sería claro: un mercado con poca disponibilidad de producto hace que el precio suba. El incremento disuade y saca del mercado a los consumidores, quienes ya no están dispuestos a pagar el alto costo inducido por la baja oferta. 

Ese razonamiento tiene dos problemas cuando se aplica al mundo de las drogas. El primero, es que la adicción y el hábito hacen que la elasticidad del precio de los estupefacientes sea muy baja. Aún si el precio sube, el consumidor no disminuye la demanda precisamente porque tiene un problema de dependencia. Como el efecto disuasivo del precio no es suficiente, se decidió crear un costo adicional, no monetario: tratar al consumidor como un criminal. Se esperaba que el temor a terminar en la cárcel iba a desestimular el consumo de manera drástica. La combinación de estas medidas no solo no tuvo los efectos esperados, sino que trajo un efecto perverso dramático: el aumento de la criminalidad, tanto por el consumo mismo como por los delitos cometidos por adictos para conseguir el dinero necesario para procurarse la droga que necesitaban. Las cifras de los Estados Unidos son la mejor prueba. En 2018 más de 1,6 millones de personas fueron arrestadas en ese país por la sola posesión de drogas ¡una cada 19 segundos! Es el único delito por el cual el número de arrestos subió ese año. Y tanta represión no se ha traducido en una reducción significativa de la demanda por estupefacientes en ese país. Ni en el mundo. De acuerdo a las cifras del Reporte Mundial sobre Drogas, en 2017 hubo 30% más consumidores de drogas en el mundo que en 2009. 

El segundo problema deriva directamente del primero. El incremento del precio, sin reducción de la demanda, aumenta de manera exponencial las ganancias de las organizaciones criminales dedicadas al tráfico y expendio de las drogas. Esto se traduce en incentivos perversos para que nuevas organizaciones criminales sustituyan a las que son desmanteladas. Pero, además, aumenta la propensión al uso de la violencia para defender el negocio y enfrentar bandas rivales o a las autoridades. 

El balance entonces no puede ser más negativo. En lugar de reducir el problema, las políticas aplicadas por un siglo han logrado mantener y ampliar la demanda, generar organizaciones criminales cada vez más violentas y poderosas y llevar a la cárcel a millones de consumidores. 

El asunto es aún más grave cuando se toma en cuenta el costo de esta guerra fallida. Ante todo en número de muertos, por supuesto. Los efectos perversos en materia de debilitamiento institucional y corrupción son difíciles de evaluar, pero son altísimos e innegables. Si se mira solamente el costo financiero, estudios estiman que los Estados Unidos han gastado más de un millón de millones de dólares en esta guerra desde 1971, cuando Richard Nixon lanzó la gran ofensiva contra las drogas. 

Como el paradigma está fallando, enfrentamos ahora una situación aún más caótica, en la que, de manera descoordinada, países, estados de los Estados Unidos y ciudades, han venido aplicando políticas diferentes para el tratamiento del mismo problema. La marihuana para uso recreativo es legal en algunas partes, cada vez más lo es su uso medicinal. Pero no en todas partes es legal la producción y el comercio, lo cual termina en una cierta esquizofrenia regulatoria que no ayuda a resolver los problemas. En cuanto a otras drogas, como lo señala Pardo en su libro, hay grandes inconsistencias también. Algunas, en particular derivadas de procesos químicos, no son penalizadas, mientras que el uso tradicional, religioso o médico de otras sustancias, sí lo es. 

Una de las grandes injusticias del paradigma actual es que castiga en exceso a la base de la pirámide del negocio, esto es los cultivadores, quienes en su gran mayoría son campesinos pobres que apenas logran sobrevivir y nunca se harán millonarios gracias a la coca. La insistencia en la erradicación forzosa, basada exclusivamente en el castigo, sin alternativas para el pequeño cultivador, es uno de los más graves errores, con consecuencias más nefastas. 

Como lo sugiere Rafael Pardo, es necesario tener políticas adaptadas para cada parte del problema.  Hay consenso en la necesidad de resolver el problema de las adicciones. Pero ese es ante todo un problema de salud pública, no de política criminal. Por lo tanto, más que cárcel, hay que brindar tratamiento y acompañamiento a quienes las sufren. A los pequeños cultivadores, hay que ofrecerles alternativas de ingreso y calidad de vida reales para que abandonen la producción. A las organizaciones criminales—a todas—hay que combatirlas. 

No hay solución sencilla, ni receta única. Pero es claro que lo que hacemos no es eficaz, ni adecuado y es contraproducente. Hay que construir nuevos paradigmas, con mayor diferenciación, con más enfoque de salud pública y de desarrollo económico y con menos prejuicios heredados. 

Les recomiendo que lean el libro de Rafael Pardo. Es claro, conciso y contundente. Lectura obligada para quienes quieren comprender por qué luego de décadas de guerra, miles de asesinatos, fumigaciones, decomisos, y miles de billones gastados, seguimos perdiendo la guerra contra las drogas. 

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