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Opinión

  • | 2019/06/13 14:10

    Puros cuentos

    Nada mejor, cuando nos fatigan los “cuentos” de la política, que refugiarnos en los de la literatura

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Ya que me lo preguntan (o imagino que, para halagar mi vanidad, lo hacen) digo que aprendí a leer en la modesta biblioteca de mi padre, que en su mayor proporción no podía comprender por mi ignorancia del inglés (Ahora hablo “paisa english”, como Uribe, no como Duque). Hacia mis trece años era el único interno de mi colegio; por eso me decían el niño de los curas. Lo que no fue obstáculo para que esos venerables sacerdotes me permitieran leer el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam, obra herética para la iglesia; confiaban mis maestros que nada entendería y que esa lectura no me haría daño. No entendí y no me hizo daño, pero consolidó mi vocación. Desde entonces soy lector irredento sin haberme preguntado nunca el porqué de esta pasión inextinguible.

 En un bello ensayo -Los hijos del licenciado: para una ética del lector- Juan Gabriel Vásquez anota que “La lectura de ficción es una droga; el lector de ficciones, un adicto. Como toda adicción, cualquier intento de explicarla es necesariamente limitado, porque tarde o temprano se topará contra el muro de lo irracional”. Así es. (Espero que la analogía con sustancias alucinógenas no se tome demasiado en serio por la policía: suelo leer en los parques, así haya niños en los alrededores…)

 Se lee, en efecto, por placer y el placer no requiere razones. Hay una poderosísima, sin embargo. La literatura nos permite escapar de nuestras limitadas vidas personales para sumergirnos en otras imaginarias. Podemos ser, un marino vikingo, un cirujano en alguna guerra horripilante o visitante de otro planeta. Solo que al regresar de estos largos viajes de ensoñación lo hacemos enriquecidos por  experiencias, sensibilidades y conocimientos nuevos.

 Todavía no puedo emitir un juicio definitivo sobre Orillas, el libro póstumo de Roberto Burgos Cantor, lo que no me impide afirmar que su cuento, De ballenas, es de una belleza deslumbrante. Para demostrarlo sería inevitable copiar ese breve texto que se limita a describir la apoteosis del enorme cetáceo que emerge de las profundidades marinas para flotar sobre el agua y luego hundirse de nuevo en un rito maravilloso que su canto acompaña. En un segundo momento, “ella no percibe el aleteo de los pájaros de mar que revolotean encima sin atreverse a descansar el vuelo y rascar el pico en su cuerpo que a poco pierde el brillo y se seca. Los ojos cada vez ven menos y el mundo incendiado se arropa en una oscuridad silenciosa, sin forma”.

 Al goce primario de la lectura, para el que basta sensibilidad estética, sucede otro que depende de la cultura de cada lector. En mi caso descubro que el título del cuento menciona ballenas, en plural, a pesar de que el relato versa sobre una sola. Vislumbro en esa discordancia un tácito homenaje a Moby Dick, la mítica ballena blanca de la novela de Herman Melville; leerla se convierte en urgente tarea. Al mismo tiempo, la muerte de la ballena real, que imagino en un amanecer nublado en la costa selvática del pacífico colombiano, me hace recordar La muerte de Iván Ilich de Tolstoi leída hace poco: la sentí como una suerte de preludio de una de mis posibles muertes. Me dio tristeza, por mí y los míos, anticipar mi partida aunque no tuve miedo. Definitivamente, leer nos enriquece.

 César Aira es un brillante escritor argentino cuyas excelsas virtudes como cuentista merecen un reconocimiento mayor. Por estos días leo El cerebro musical, una antología de sus mejores relatos de ficción. Uno de ellos -El hornero- parte de una hipótesis absurda que desarrolla con una lógica impecable: “que el ser humano actúa movido por un estricto programa instintivo, que se manifiesta siempre, en todas las ocasiones de la vida, hasta las que parecen más caprichosas o voluntarias”. Por el contrario, el hornero, por ejemplo, que es una especie de pájaro, está “…a merced del azar horrendo de las ideas, de las ocurrencias, de los estados de ánimo, de la voluntad y sus infinitos desfallecimientos, del clima, de la historia”. En suma: mientras los humanos estamos, sin saberlo, o creyendo lo contrario, aprisionados en la cárcel del instinto, los animales, entre ellos el hornero, padecen la tragedia de ser libres. Sabemos, por supuesto, que la teoría es falsa; el deleite deriva de un desarrollo narrativo tan riguroso como un teorema y tan agudo como un bisturí.

 Tomás González, es una de las figuras más valiosas de la literatura actual de nuestro país. Sus poemas, cuentos y novelas se destacan por un conocimiento profundo de la condición humana a la que se aproxima con piedad y discreción. La parvedad de los medios que emplea insinúan más que decir, a fin de que el lector atento descubra por sí mismo lo mucho que el autor deja apenas esbozado. Su cuento El Expreso del Sol, que es el título de uno de sus libros, trata de un viaje imaginario, que replica con una pobre escenografía y la devoción de su familia, los muchos viajes a lo largo de su vida que el protagonista realizó desde el Magdalena Medio hasta cualquiera de las ciudades de nuestra Costa Atlántica. Este de ahora es vivido como una experiencia verdadera porque el viajero padece de demencia senil. La anécdota es simple; el artefacto narrativo, esplendoroso.

 Briznas poéticas. Como el texto que precede se inscribe en la poética, entendida esta como la reflexión sobre textos literarios, esta vez no finalizaré con una breve transcripción de algún poeta que admiro. Utilizo este espacio para corregir un error de mi anterior columna. Rodrigo Londoño -antes “Timochenko”- no es senador. Fue el último comandante de las Farc y hoy preside el partido político de igual nombre. Sobre sus hombros recaen graves responsabilidades que lo veo ejercer con buen juicio. Hay que reconocerlo así y apostar por su éxito.

 

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