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Opinión

  • | 2019/08/12 19:00

    ¡Oh, guerra inmarcesible!

    ¿A cuál país libertado, a cuál sentido de soberanía deben algún fervor patrio los campesinos de Tibú en los 200 años de Colombia? ¿Alguien por allá comentó del bicentenario en medio de las redadas, las balaceras, el miedo y el abuso? ¿Alguien tarareó ¡oh, gloria inmarcesible! el 7 de agosto en San Calixto?

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El 7 de agosto, mientras la vicepresidenta y la ministra de cultura se autocondecoraron en el Puente de Boyacá, el director de Human Rights Watch se alistaba para entregar al día siguiente, en la mano del presidente Duque, el informe de la gravísima situación que se está viviendo en el Catatumbo. “La guerra en ese lugar es brutal”, tuvieron que venir desde Washington a contarle, porque parece que él solo conoce de esa tragedia los reportes de bajas en combate que le suministra la comandancia del Ejército.

Ese Ejército Bicentenario, el que perdió el poco lustre que el compromiso con la paz le estaba comenzando a dar, para volver por los fueros de la impudicia con el asesinato de Dimar Torres dentro del propio batallón, y el relevo del mando al general que le pidió perdón a la población por la barbarie cometida. Allá mismo, cómo no, en el Catatumbo; donde hay combates a diario de todos contra todos entre siglas guerrilleras, bandas variadas, carteles mejicanos, guardias y paraguardias venezolanos y tropas colombianas. 

En ese territorio 40 mil personas han sido expulsadas en DOS años, hay 28 mil hectáreas de hoja de coca en cosecha y viven 25 mil venezolanos refugiados. Según la alerta de HRW, con la que coinciden la Defensoría y los investigadores sociales, en el Catatumbo están desapareciendo gente en una cifra que ya resulta incalculable para el Estado colombiano; violan a las mujeres y las niñas, las prostituyen; reclutan a los menores para sus propios ejércitos o los ponen a raspar hoja de sol a sol por miserias. 

Por el Catatumbo, tierra del trueno en lengua Barí, hoy pasan la ruta de la coca con Venezuela y la tragedia de no haber visto del estado colombiano más que tropas y batallones. Allá viven campesinos que llegaron para hacerse a una vida en la frontera, a la buena de dios y en las manos del diablo, aislados del resto del país pues nunca han tenido carreteras, pero eso sí, en esa esquina de Colombia la presencia del Ejército ha sido permanente.

¿A cuál país libertado, a cuál sentido de soberanía deben algún fervor patrio los campesinos de Tibú en los 200 años de Colombia? ¿Alguien por allá comentó del bicentenario en medio de las redadas, las balaceras, el miedo y el abuso? ¿Alguien tarareó ¡oh,  gloria inmarcesible! el 7 de agosto en San Calixto? 

Lo único inmarcesible para los pobladores del Catatumbo es la guerra. Esa es su realidad perpetúa, la posibilidad latente de morir en átomos volando. Cuál libertad le ha dado a la gente del Catatumbo esta república, tan tirana e indolente como si viviera en una permanente reconquista, en un régimen del terror eterno que generación tras generación pasa al patíbulo a los líderes que podrían romper con el curso infame de las cosas.

De cuál soberanía nacional habla el gobierno cuando en la conmemoración del Bicentenario no se convoca a los territorios dispersos donde tratan de construir día a día la identidad a partir de fragmentos. Ni una palabra a las fronteras que con tanta dificultad la preservan, el río Mira al sur, el río Atrato al norte o el río Táchira al oriente, fronteras líquidas que llevan enquistadas unas guerras profundas aguas abajo. El presidente habló de próceres, de emprendimiento, de un país comunicado y con vías: “Hemos transitado en estos 200 años de ser un país de campesinos debilitados por la ausencia de políticas de estado, a tener hoy un sueño de país”, dijo, y me imagino lo que un campesino de El Tarra pudo sentir, si es que alguno llegó a escucharlo. 200 años de soñar, de no existir, y nada más. 

Nadie en ese acto de conmemoración del bicentenario intentó recorrer la intrincada geografía sobre un mapa de Colombia, no se habló de los dos siglos de una misma guerra transmutada, degradada, que condena a miles de colombianos a lo inmarcesible, a lo único que no se marchita, al dolor que no termina, a la promesa eternamente incumplida de paz, de crecimiento, de bienestar. Ni en 200 años de surcos de dolores, el bien germina por allá. 

El bicentenario, que era la ocasión única para avanzar en la urgencia de reconocernos como colombianos y seguir construyendo una identidad común, la volvieron una lagartada de condecoraciones mutuas y trivialidades digitales #mascolombianoquenunca. En la conmemoración del 7 de agosto en el Puente de Boyacá, los burócratas y los lagartos entonaron el himno nacional con la mano en el pecho, rindiendo honores a las guerras de hace 200 años, las que sí importan, de las que conocemos en detalle cada proeza heroica. Pero a las otras formas de guerra, las de hoy en rincones de la geografía como el Catatumbo, nadie las entiende ni las enfrenta. Parece que son irrelevantes. ¡Oh, guerra inmarcesible!, ¡oh, abandono inmortal!

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