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Opinión

  • | 2019/06/12 16:52

    La muerte del periodista

    Un video hecho detrás de bastidores reviste más potencia que una bomba colocada en una escuela de policía.

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Al periodista Daniel Coronel le quitaron la columna y poco después se la devolvieron. Al periodista Libardo Montenegro le quitaron la vida y no hay manera de devolvérsela. Coronel fue víctima de los caprichos y los entresijos del poder. Montenegro fue víctima de dos pistoleros que lo emboscaron en una calle de pueblo. Coronel es un periodista metropolitano. Montenegro lo era de provincia. El affaire Coronel interesó al país. El asesinato de Montenegro acaso afectará a su familia y a la gente que lo seguía en la radio comunitaria de Samaniego Estéreo.

Seguimos en lo mismo. Lo que pasa fuera de Bogotá no importa. En las mismas calles en donde fue acribillado Libardo Montenegro fue asesinada el pasado 20 de mayo Paola Rosero, personera municipal. El homicidio es la principal causa de muerte en Samaniego. Colombia es una escalofriante democracia en la que los periodistas de provincia son silenciados por la vía del homicidio. No los censuran. Los matan. Los matan por el mero hecho de proteger los intereses de la comunidad. Son periodistas que practican el periodismo desde la inocencia. La inocencia de la comunidad. Sin militancia. Sin narcisismo.

Hubo jaleo por el caso Coronel. Razones había. Se trataba del columnista más leído en el país. Odiado y amado. Los más importantes columnistas se dividieron. Unos los defendieron sin rodeos y otros se pusieron del lado del patrón. La mayoría optó por la ambigüedad. Al final todo se arregló. A la manera chapucera. Como se arreglan todas las cosas en Colombia. Por arriba. Sin importar lo que piensan los de abajo. Una semana de barullo y poco más. Todo vuelve a la normalidad. La normalidad es que Coronel siga filtrando información para que alguien la aproveche en Bogotá. La normalidad es que sigan matando a los periodistas en la periferia del país.

El periodismo que se hace en Bogotá es militante. Narcisista. Aferrado al poder. El periodista filtra información que alguien le ha pasado. La filtración se vuelve un arma política. Un chisme para arruinarle la vida a un político incomodo. Un video hecho detrás de bastidores reviste más potencia que una bomba colocada en una escuela de policía. La filtración dosificada se exhibe como periodismo investigativo. El lector come gato creyendo que es liebre. La manipulación política disfrazada de periodismo. La frivolidad hecha noticia. Las burradas de la senadora María Fernanda Cabal o las estrafalarias sandalias de Santrich revisten más atención que el desastre de Hidroituango.

El periodismo que se hace en pueblos como Samaniego es de otra naturaleza. Allí el periodista establece un interface con la comunidad. El micrófono es el vehículo principal. El periodismo entendido como un oficio al servicio de la gente. El periodista está cerca a su comunidad. Lejos del poder. Esto lo vuelve peligroso. Peligroso para los que llevan los hilos del poder. Por esta razón los matan. Por eso mataron a Libardo Montenegro en Samaniego. La muerte del periodista. La muerte del periodismo.  

Yezid Arteta Dávila

* Escritor y analista político

En Twitter: @Yezid_Ar_D

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