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Opinión

  • | 2019/05/02 07:09

    Víctimas de su propio invento

    Tildar de "enmermelado" a un gobierno que se sienta a hablar de obras públicas con un congresista o que busca tener representación de partidos políticos, en cabeza de personas capaces, no es sólo exagerado sino que puede llegar a ser una actitud antidemocrática. En su momento el uribismo no lo entendió así y ahora es víctima de su propio invento.

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La durísima oposición que el Centro Democrático le hizo al gobierno del presidente Juan Manuel Santos durante ocho años tuvo como uno de sus ejes centrales las reiteradas críticas a la "mermelada" como mecanismo para sofocar la deliberación democrática e imponer una agenda legislativa a toda costa. El entonces candidato Iván Duque tuvo como una de sus principales banderas de campaña la lucha frontal contra la intervención del Ejecutivo en la Rama Legislativa, recitando casi como un mantra que no habría más "mermelada" en su gobierno. Esa tesis tomó tanta fuerza que la interpretación de esa palabra se fue ampliando más allá de la transacción corrupta entre las ramas del poder público, hasta llegar al absurdo de abarcar prácticas democráticas legítimas.

Hay que ser claros, el intercambio de votos por contratos, sobornos o cargos públicos sin el mínimo tamiz de la meritocracia es simple y llanamente un acto de corrupción inaceptable que tiene que ser erradicado del manual de las prácticas políticas; sin embargo, no toda relación entre las ramas ejecutiva y legislativa es ilegítima y de por sí corrupta. Tildar de "enmermelado" a un gobierno que se sienta a hablar de obras públicas con un congresista o que busca tener representación de partidos políticos, en cabeza de personas capaces, no es sólo exagerado sino que puede llegar a ser una actitud antidemocrática. En su momento el uribismo no lo entendió así y ahora es víctima de su propio invento.

El presidente Duque tuvo el valor de poner en riesgo proyectos fundamentales para su agenda con tal de cortar de tajo con una práctica histórica, en muchos casos corrupta. El costo ha sido alto; ha tenido una relación tensa con prácticamente todas las fuerzas políticas en el Congreso. A esto se suma la muchas veces ligera interpretación del concepto de "mermelada" que el entonces senador Duque y su partido intentaron grabar en el imaginario colectivo y del que hoy es prisionero. El fundamentalismo de la campaña se tradujo en el hecho de que el Gobierno no haya podido incluir en su proyecto político a los partidos con los que tiene afinidad ideológica, por miedo al escarnio público. Esta realidad ha llevado a que las fuerzas políticas que lo acompañaron durante la campaña y que se declararon como parte de la coalición de gobierno le hayan dado la espalda en momentos críticos.

Por más desconfianza que haya frente a los congresistas y sus partidos, no se puede desconocer son los representantes legítimos del pueblo colombiano. Pretender que un presidente de la República no gobierne con ellos es un contrasentido en el marco de una democracia saludable en la que debe haber una separación clara de poderes pero también una relación armónica.

Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. El uso indiscriminado de la palabra “mermelada” como herramienta para golpear a Juan Manuel Santos terminó devolviéndose como un bumerán, dejando al presidente Duque entre la espada y la pared: la falta de gobernabilidad o el rechazo de la opinión pública por doblegarse ante la misma práctica que prometió combatir.

 

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