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Opinión

  • | 2019/07/08 19:00

    La chatarra

    Para Naciones Unidas es indispensable cambiar el enfoque del sector privado, y se entiende que también de la ciencia y la tecnología, asociadas con la producción de alimentos: no hay que producir más alimentos, es urgente producir alimentos saludables.

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Este mes se debe presentar el informe de la Agencia para la Agricultura y la Alimentación FAO y otras agencias del sistema de Naciones Unidas, acerca del estado global de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo. Esta vez es tan significativa y alarmante la confirmación de su hallazgo que dieron un abrebocas: por primera vez en el mundo, la población obesa supera a la que pasa hambre. 

Este desbalance no obedece, en absoluto, a un éxito en los esfuerzos de erradicación del hambre; por el contrario. Las guerras, el cambio climático y la inequidad económica global mantienen las cifras del hambre en aumento. Hay escasos logros y enormes fracasos en ese campo. Lo brutal que sucede hoy es que la población con acceso a los alimentos no los está recibiendo de calidad, esto es, nutricionalmente válidos.

En el pre informe que presentó el Director General de la FAO se advierte la urgencia de tomar medidas para frenar esta tendencia en aumento a la obesidad, que ya no distingue entre países desarrollados y en desarrollo, ni diferencia entre ricos y pobres. La comida chatarra es un negocio que ya inundó con alimentos procesados, grasas saturadas y azúcares refinadas las opciones para saciar el hambre en cualquier rincón del planeta. 

Para Naciones Unidas es indispensable cambiar el enfoque del sector privado, y se entiende que también de la ciencia y la tecnología, asociadas con la producción de alimentos: no hay que producir más alimentos, es urgente producir alimentos saludables. Como ante una pandemia, el sistema global les da la alerta a los países para que tomen medidas que la frenen, y entre otras recomendaciones hablan de mayores impuestos, mejor etiquetado y restricciones a la publicidad infantil de los alimentos que producen la enfermedad epidémica de la malnutrición. 

En Colombia, lejos muy lejos de acoger este llamado, en las discusiones sobre el tema los fabricantes de comida chatarra siguen dándole sopa y seco a las organizaciones de la sociedad civil y a los pocos congresistas y funcionarios que dan la pelea por la alimentación sana. En los últimos 3 años pasaron por el Congreso 4 iniciativas que buscaban fomentar entornos alimentarios más saludables y todas se hundieron, la última de ellas (de etiquetado) en la Comisión VII del Senado en junio pasado. En 2016, Alejandro Gaviria como ministro de salud se dio la pela, y fue derrotado, con el proyecto de ley para subirles el impuesto a las bebidas azucaradas. “Este impuesto no es un capricho, es una medida que se está implementando en el mundo”, les decía a los congresistas que ignorantes, indolentes y “lobbiados” hundieron el proyecto. Volvió a respirar la industria azucarera y los gremios dejaron de gritar al unísono “populismo”, como hacen siempre que una medida, sana para la sociedad, afecta sus réditos. ¡Nos volvimos Venezuela!, decían. 

La industria de comida chatarra, de saturados, refinados y procesados, alega que el hecho de existir no los hace culpables de la obesidad porque en ningún momento promueven el consumo desmesurado de su producto. Pero no permite que se haga la advertencia a los compradores, ni acepta que se le suba el costo de producción ni que se le baje el margen de ganancia, y desdice de toda evidencia fáctica sobre el efecto perverso de su consumo en la malnutrición, con particular preocupación, de los menores de edad, desde que son bebés hasta la adolescencia.

La industria no acepta, no cede. Y el Estado se hace el pendejo dejando pasar su obligación de garantizar la idoneidad de los alimentos que comemos los colombianos. Se equivocan quienes sugieren que estas regulaciones son injerencia indebida en decisiones privadas de compra y consumo de los individuos; este es un asunto de política de salud pública necesaria en razón a la prevalencia de enfermedades relacionadas con la malnutrición de las personas. Ya lo dice la FAO, no hay que aumentar la provisión de alimentos, es urgente producirlos saludables. Si no se interviene el mercado, la única comida accesible al bolsillo y por tanto al estómago de los colombianos será la chatarra, y no basta con que las familias intenten mejorar su alimentación de puertas para adentro, si en todo entorno afuera solo hay chatarra. 

Que en el mundo haya más obesidad que hambre habla también de debilidades humanas. Se come en exceso por ansiedad, igual que se bebe o se droga en exceso, para llenar inútilmente vacíos del alma. Pero además de producir un placer, consumir alimentos es una necesidad para sobrevivir, no es un psicotrópico (aunque sepamos, por ejemplo, lo que produce el exceso de dulce en los niños por la noche). Dejar las cosas como están es entregar la salud y hasta el placer humano, a las estrategias de mercadeo de los grandes chatarreros.

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