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Opinión

  • | 2019/11/11 17:48

    El señor de las palomas

    34 años más tarde las heridas del Palacio de Justicia no terminan de sanar porque las atrocidades de la guerra no cesan, y el ejército colombiano tampoco aprende a enfrentarlas, por el contrario, sigue empeñado en reavivarlas.

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No sé cómo se llama, y usted tampoco, pero vamos a hablar de un señor anónimo que le da de comer a las palomas de la Plaza de Bolívar en el año de 1985. Es un cachaco viejo, de terno ajado y corbatín, que entra por la esquina del Congreso y camina por la plaza vacía, más vacía que nunca, con una bolsa en una mano y una botella plástica blanca en la otra. Cuando el señor llega a la altura de la Catedral se detiene, pone la botella en el piso y toma la bolsa con las dos manos. Del silencio absoluto que reina en ese momento, dan cuenta las palomas que picotean tranquilas restos de comida en el piso. El señor comienza a tirarles manotadas de maíz que saca de la bolsa, dándole la espalda al Palacio de Justicia. 

La escena ocurre el 7 de noviembre de 1985 a media mañana, y se observa tal cual fue en el documental La Toma (Pivot, 2010) que narra lo sucedido en el Palacio de Justicia a partir de archivos de vídeo y seguimiento al juicio al coronel Plazas Vega 25 años después. Fue captada por un camarógrafo apostado en el techo del Capitolio, a la espera de la resolución de los sucesos trágicos que se habían iniciado más de 20 horas atrás. Unos metros detrás del señor de las palomas, se observa a los soldados y socorristas que flanquean la puerta destrozada del Palacio de Justicia a la espera de la salida de rehenes. El señor de las palomas voltea la cabeza para mirar lo que empieza a ocurrir a sus espaldas, y entonces el camarógrafo lleva su foco a la salida atropellada de decenas de rehenes, que comienzan a brotar de entre las cenizas. Lo mismo hicieron los camarógrafos apostados sobre la calle 11, que captaron de frente esta salida de decenas de personas rumbo a la Casa del Florero. Lo que ellos grabaron en ese instante, es prueba judicial en los procesos penales por los desaparecidos del Palacio de Justicia.

No sabemos nada más del enigmático señor de las palomas, pero a mí se me antoja que es en sí mismo una metáfora de nuestra tragedia. Sabrá dios si él sabía o no lo que estaba ocurriendo ahí, detrás suyo. Es difícil que alguien que tiene a la plaza como su entorno cotidiano no percibiera la anormalidad y la altísima tensión del momento. Es increíble que mientras en un costado de la plaza está sucediendo esta catástrofe nacional, por la otra esquina no hubiera un férreo control de acceso que impidiera al señor pasar, como Pedro por su casa, a darle de comer a las palomas. A lo mejor él sí sabe lo que pasa ahí pero no le importa, porque la toma por el M-19, la retoma por el ejército, y una noche viendo arder el Palacio de Justicia, no son motivos suficientes para dejar de hacer lo suyo, seguir su propia vida, la de darle de comer todos los días a las palomas. 

34 años más tarde las heridas del Palacio de Justicia no terminan de sanar porque las atrocidades de la guerra no cesan, y el ejército colombiano tampoco aprende a enfrentarla, por el contrario, sigue empeñado en reavivarla. El bombardeo en el Caguán que dejó 8 menores de edad muertos no es más que otra perla en el rosario infinito de barbaridades que se siguen cometiendo en nombre, supuestamente, de preservar el orden público. ¿Cuál guerra podía terminar cuando el ejército arrasa con el recinto mayor de la justicia, con decenas de rehenes adentro, y desaparece a 12 personas hasta el sol de hoy? ¿Cuál guerra se acaba asesinando a Dimar Torres, a Flower Trompeta, o a cualquiera de las 5.000 ejecuciones extrajudiciales eufemísticamente bautizadas como falsos positivos? 

Justamente el día de un aniversario más de este holocausto, renunció el impresentable ministro de Defensa de Iván Duque, antes de que el Congreso lo echara. Ese día estuve casualmente en una galería en la zona de San Felipe, en Bogotá, y encontré un cuadro pintado en técnica mixta que representa la escena de la mañana del 7 de noviembre de 1985 en la Plaza de Bolívar. El Palacio de Justicia aún arde, por el lado izquierdo del espacio en negro donde estuvo la puerta, acecha un grupo de soldados; por el lado derecho, rumbo a la Casa del Florero, salen los sobrevivientes; y enfrente de todos ellos, un señor le da de comer a las palomas. Podría ser surrealista, si no fuera hiperrealismo nacional. 

Como ese señor, aprendimos a vivir la vida de espaldas a la tragedia, como testigos mudos de la barbarie.

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