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Opinión

  • | 2019/05/08 06:38

    Optimismo

    En estos tiempos de incertidumbre, de polarización y negativismo, Colombia necesita optimismo. El optimismo promueve liderazgos, alianzas, reconoce en el otro la capacidad de aportar. Niega los extremismos, la polarización. Rechaza el maniqueísmo de buenos y malos. No descalifica al que piensa diferente. No añora el pasado, le apuesta al futuro y se la juega por lograrlo.

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El pesimismo crece en el mundo. La nostalgia de un pasado en el que todo era mejor invade el espíritu de la gente en todas las latitudes. Ese sentimiento alimenta los populismos. La promesa de volver a una “grandeza” o un esplendor perdidos es el argumento de las ideologías nacionalistas, tribalistas y xenófobas. Es peligroso, es destructivo, y –sobre todo—falso.

Falso porque niega los avances logrados a lo largo de los últimos decenios en todos los frentes. La mortalidad infantil ha caído drásticamente. La esperanza de vida aumenta. Las hambrunas que devastaban regiones enteras están prácticamente erradicadas. Las guerras, los conflictos y su estela de muerte y destrucción son hoy menos numerosos y mortales que hace 30 años.

En Colombia también sufrimos de esa mala memoria que es la mejor explicación de la añoranza del pasado como dice Steven Pinker. Y en nuestro país si que esa visión es miope. Los que vivimos la década terrible de los ochenta lo tenemos claro. Colombia era en ese entonces un país asediado por múltiples violencias, por el narcoterrorismo que ponía en jaque a la justicia, asesinaba jueces, policías, periodistas y líderes políticos. El secuestro se volvió una industria criminal. Los tugurios  y las urbanizaciones piratas eran el común denominador de todas nuestras ciudades. La salud era un privilegio de unos pocos que podían pagarla. Y nuestra economía estaba estancada, con una inflación de dos dígitos y un sector industrial ínfimo. Se llegó a decir que Colombia iba camino a ser un estado fallido, condenado al caos y la violencia.

Hoy no vivimos en el paraíso. Pero el panorama es bien distinto. La mortalidad infantil se redujo a la mitad entre 1990 y 2017. La esperanza de vida ha aumentado en más de 13 años en ese lapso. La pobreza ha disminuido de manera importante. El acceso a la educación es mucho mayor. El producto interno bruto en términos reales se multiplicó casi por tres, mientras que la población no alcanzo a duplicarse. En 1997 al 48.7% de los colombianos hospitalizados, les tocaba pagar la cuenta de su bolsillo. En el 2016 ese porcentaje era tan solo del 8.1. El número de homicidios se redujo a la tercera parte frente a 1990. Y a pesar de que la reducción de la pobreza se estancó en 2018, en los 16 años anteriores cayó casi a la mitad.

Por supuesto tenemos problemas graves y difíciles. Pero son distintos. Los tenemos que enfrentar y superar como lo hicimos en pasado. La gente exige –con razón—un sistema de salud más ágil y mejor. Por supuesto. Pero no se compara con la negación del derecho que prevalecía hace unas pocas décadas. Los estudiantes y las familias exigen educación de calidad y acceso a la universidad para todos. Es lo justo. Pero la cantidad de familias que hoy pueden decir con orgullo que sus hijos son los primeros en ir a la universidad no tiene punto de comparación con el pasado. Es cierto que nuestra justicia sigue siendo muy poco efectiva. Pero los jueces ya no tienen que salir del país por las amenazas de las mafias.

Ese es el destino de las sociedades. Cada avance, cada logro devela nuevas expectativas, nuevos desafíos. La historia no se detiene y el mundo perfecto no existe. Muchos dicen que el pesimista es un optimista bien informado. Es al revés.

Los optimistas no son los que ven todo bien o pretenden negar las dificultades. Son los que pueden ver el camino avanzado y están convencidos de que mañana puede ser mejor que hoy. Y eso los motiva a salir a trabajar, a crear, a innovar para hacer esa promesa una realidad. Y lo hacen día tras día sin desfallecer. Los optimistas son los que ven el problema y reconocen una oportunidad para mejorar, no para lamentarse y criticar.

La diferencia entre el optimista y el pesimista no está en cómo ven el presente. Si no en cómo ven el mañana. No en si el vaso está medio vacío o medio lleno, si no en la convicción de la posibilidad de llenarlo. 

La diferencia es entre quien -optimista- cree que la acción y el trabajo transforman para bien el presente y quien cree que estamos condenados al abismo.

En estos tiempos de incertidumbre, de polarización y negativismo, Colombia necesita optimismo. El optimismo promueve liderazgos, alianzas, reconoce en el otro la capacidad de aportar. Niega los extremismos, la polarización. Rechaza el maniqueísmo de buenos y malos. No descalifica al que piensa diferente. No añora el pasado, le apuesta al futuro y se la juega por lograrlo.




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