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Opinión

  • | 2019/11/04 17:11

    El norte del Cauca, fuera de control

    La situación en el norte del Cauca está absolutamente fuera de control. Ocurrieron 11 asesinatos a sangre fría en 4 días, en un perímetro no mayor de 30 kilómetros sobre la cordillera Central nortecaucana, que es una zona altamente militarizada.

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Esto es una vergüenza para el Estado colombiano, que está permitiendo a los criminales imponerse sobre los gobiernos locales, las organizaciones sociales y étnicas y las comunidades organizadas, en total impunidad.

El Gobierno Duque solo sabe responder con tropa y más tropa dizque para enfrentar a bandas, pero estas se pasean en sus narices echando bala y transportando droga. Como dicen los indígenas, no se sabe quién es el enemigo, porque las bandas un día se ponen la marca de disidencia, otro día de ELN, otros de Cartel de Sinaloa, mientras firman un día unos, y otro día otros, los repugnantes panfletos amenazantes que buscan mantener a las comunidades confinadas en el miedo.

Cuando en agosto pasado se dio la alerta en el norte del Cauca por el aumento en los atentados, amenazas a líderes sociales, asesinato de guardias indígenas y enfrentamientos entre bandas de criminales, el Gobierno asignó dos batallones más a ese territorio, para engrosar el ya abultado número de soldados que actualmente patrullan en la zona. En ese momento, aun no había sido asesinada la candidata a la Alcaldía de Suárez Karina García. No sabe uno si la ineptitud del ejército para combatir a estas bandas criminales es por incapaces o por corruptos, cuando no por mandaderos de la muerte.

La matazón ocurrida en solo cuatro días es intolerable. Primero fue Flower Jair Trompeta Paví, en Corinto. Estaba trabajando en una parcela cuando miembros del ejército se lo llevaron. Cuando su hermano Duver fue a buscarlo, los soldados lo metieron a un cafetal, lo desnudaron y lo interrogaron para saber si pertenecía al grupo Dagoberto Ramos, disidencia de las Farc. Flower apareció asesinado cerca de ahí, un par de horas más tarde, con cuatro tiros de fusil. El Ministerio de Defensa informó de enfrentamientos en la zona, pero nadie en la vereda Media Naranja escuchó el tiroteo.

Dos días después en Toribio, corregimiento de Tacueyó, una camioneta negra entró al poblado echando bala contra la gobernadora del Resguardo Cristina Bautista Taquinás y el grupo de guardias indígenas que la acompañaba. Cinco personas murieron. Mataron a la Neehwesx, a la líder, a la jefa de la comunidad. En un video de agosto pasado que está en la red, Cristina la gobernadora le dijo a un centenar de indígenas reunidos en cabildo: “Si nos quedamos callados nos matan y si hablamos también, entonces hablamos. Hay un panfleto que dice que nadie ande con los símbolos de nuestras organizaciones y como movimiento indígena… ahora vamos a hacerlo y con mayor fuerza… los que están desarmonizando no son bienvenidos y ya les hemos dicho: retírense del territorio… a los que no están aquí llévenles la voz, eso es lo que la comunidad ha mandado”.

No habían pasado 24 horas del asesinato de Cristina y cuatro guardias más, cuando aparecieron los cadáveres de cuatro personas en Corinto, y uno más en Caloto. 11 muertos, ningún enfrentamiento, panfletos amenazantes, líderes amenazados. De nuevo se instaló un consejo de seguridad en Santander de Quilichao, en el borde de la zona roja, y ahí la ministra del Interior repitió, otra vez, que la única solución que el gobierno tiene para proteger a los indígenas es el ingreso del ejército a sus territorios; como si no tuvieran ya bases ahí, no controlaran las entradas y salidas y no hicieran retenes en todas las carreteras.

Buscando el ahogado aguas arriba, el Gobierno está entregando a los criminales el poder de destruir a las comunidades organizadas, mientras se hace el de las gafas con el paso de los cargamentos. “Solo vienen a negociar droga” respondió el ministro Botero al finalizar alguno de los inútiles consejo de seguridad en Santander de Quilichao, cuando le preguntaron si había presencia del cartel de Sinaloa en el norte del Cauca. O sea, que los que matan no son mexicanos sino de aquí, pero todos los batallones desplegados no dan con los unos ni con los otros.

Lo que está sucediendo en el norte del Cauca duele por todo el cuerpo, produce miedo, tristeza y mucha rabia. Duele que se enquiste la violencia más feroz en semejante territorio, que es un laboratorio de la organización comunitaria donde conviven dignidades étnicas ancestrales, que no desfallecen ante los bandidos. Las bandas están reclutando niños, ordenando el cómo y quién a las autoridades, matando a quien les estorba, y estamos en manos de Iván Duque, Nancy Patricia Gutiérrez y Guillermo Botero.

La situación en el norte del Cauca está absolutamente fuera de control.

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