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Opinión

  • | 2019/11/13 09:42

    El fin no justifica los medios

    El problema cuando alguien cree que el fin justifica los medios es que pierde los principios. Eso es lo que ha pasado en Bolivia en las últimas semanas. Y nos pasa recurrentemente en la región.

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Hay un debate actualmente sobre si lo que sucedió en Bolivia y la salida del presidente Evo Morales fue o no un golpe de estado. Si el rasero para responder esa pregunta es si se quebrantó el régimen constitucional que norma la democracia y las transiciones de poder, la respuesta es clara: Si hubo un golpe de estado. Un presidente puede renunciar por decisión política o personal. Pero no por una “sugerencia” del mando militar y policial.

Por otro lado, es importante tener en cuenta que al presidente Morales le dijeron claramente en las urnas que no era aceptable su posición de mantenerse en el poder indefinidamente. El límite de dos períodos presidenciales –aprobado por la constitución que él mismo promovió—es adecuado y debe respetarse. Su sola postulación a un nuevo mandato era un desafío a la letra, el espíritu de la constitución y al voto ciudadano, expresado en el referendo sobre el tema.

Pero, independientemente de que uno pueda no compartir el subterfugio utilizado por Evo Morales para volverse a presentar, lo cierto es que lo hizo avalado por el sistema legal, y con esas reglas se realizó el certamen electoral. Donde el razonamiento pierde toda defensa es cuando se analiza la forma como se adelantaron las elecciones. Claramente, y esto dicho y reconocido por todos, hubo un fraude electoral. Se manipuló el el conteo y las autoridades electorales, adeptas a Morales, cambiaron de manera grosera los resultados para darle una victoria suficientemente amplia y evitar una segunda vuelta.

Así las cosas, está uno frente a un dilema moral: O lo que es más complicado, quien es el más malo o el menos peor. La verdad, mi respuesta es ambos. Ambos lados comparten el mismo error fundamental. Se defienden con el argumento nefasto de que el fin justifica los medios.

La izquierda se llena la boca con los resultados económicos y sociales alcanzados por el gobierno a lo largo de estos casi catorce años de poder. Y se rasgan las vestiduras gritando al lobo del complot derechista, militar y reaccionario. Cuando les preguntan por el fraude, silencio absoluto. Vuelven a su cantaleta de que los avances sociales y la revolución hay que defenderla a cualquier precio.

Los más moderados sostienen que si bien hubo fraude, Morales es un demócrata porque aceptó la auditoría de la OEA y estaba convocando a nuevas elecciones. Prefieren ignorar la ruptura de la credibilidad de unas instituciones y un gobierno que sin la presión de las calles no habría aceptado la revisión de los resultados ni mucho menos la repetición de las elecciones. Eso no es democrático

La derecha se atrinchera en el fraude y la ilegitimidad de su resultado. Pero guardan silencio frente a la inaceptable intervención los militares en la transición de poder, sus tiempos y sus formas. Eso no es democrático.

El problema de fondo en varios de nuestros países es que se sigue asentando el caudillismo, el personalismo. Abundan los que se sienten Mesías, y que creen que ellos y solo ellos son capaces de redimir el país y llevar al pueblo al paraíso terrenal. Y de estos en nuestro continente tenemos de todas las pelambres e ideologías. De Izquierda y de derecha, reformistas o conservadores. Si Evo hubiera creído en su proyecto social por encima de su ambición personal, habría organizado una sucesión, promovido nuevos liderazgos capaces de mantener el rumbo y construir sobre lo construido. Y otra sería la situación hoy. Pero no, como muchos otros, decidió aferrarse al poder. De cualquier manera.

Y todos aplican la misma teoría: “Yo soy salvador y si la salvación del país implica acabar con todo, no importa”. El fin justifica los medios. Eso demuestra que perdieron los principios. Y eso los hace dignos de rechazo. A todos por igual.

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