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Opinión

  • | 2019/10/14 18:29

    Confesión de oficio

    Mis primeras dos campañas son ejemplo del fracaso de los llamados a unidad de los partidos, que más parecen una encostalada de víboras. En adelante, he visto de cerca varias campañas, que es lo mismo que decir varias maneras de ser candidato, cada uno con su cadaunada, porque cada aspirante a ser elegido en un cargo de elección popular tiene sus propias motivaciones para la política.

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La primera campaña política en la que estuve cerca era, a su vez, el estreno de la elección popular de alcaldes en 1988, y el mejor indicador de su despelote es que estuve ahí. Era la campaña de Carlos Ossa a la Alcaldía de Bogotá, y yo ocupaba un cargo extraño en el que coordinaba la agenda (a lápiz en una libreta de esas clásicas de forro imitación cuero), y espantaba lagartos afuera de la oficina del candidato que me pedía, por favor Ana María, siquiera media hora de reposo a solas antes de retomar la extenuante agenda. 

Luis Carlos Galán, Ernesto Samper y Hernando Durán Dussán apoyaban a Carlos Ossa, que representaba en ese momento el símbolo de la unidad liberal. La campaña se hacía entonces con discursos veintejulieros, afiches en los muros y camisetas regaladas en los mítines. Por Carlos Ossa guardo un gran cariño, porque lo conocí atrapado en una piel que no era la suya; él quería ser alcalde, legítimamente, pero el mundo político colombiano no estaba capacitado para incluir a una persona tan sensata, honesta y brillante como él. 

Muchos años después tuve el gusto y el honor de acompañar a Carlos Gaviria en la campaña presidencial del 2006, la de la reelección de Uribe. En esa ocasión, la izquierda se estrenaba unida en una competencia por el pundonor, en la que Carlos Gaviria corrió su mejor carrera política sobre la pista más adversa posible, llevándose una histórica medalla de plata. En esos tres meses aprendí que una campaña es una carrera de fondo que demanda estrategia, coordinación, velocidad y resistencia en múltiples frentes. Que las bondades del candidato no son suficientes cuando fallan piezas de la máquina de la campaña. Y que el activo más valioso y escaso en un emprendimiento electoral es el tiempo del candidato. 

A comienzos de la campaña, Carlos Gaviria discutió hasta el último argumento por su derecho a no ser molestado durante algunas horas para quedarse en la biblioteca leyendo, su lugar favorito de la casa y de la vida. Que lo llamaran a las seis de la mañana para hablar por la radio le parecía intrusivo, que quisieran hacerle una entrevista un domingo por la tarde le resultaba inadmisible. Para leer en los viajes se decantó por un libro de poesía del Siglo de Oro que cabía en el bolsillo derecho de su chaqueta de pana, su lectura elegida para los pocos instantes de sosiego en el torbellino de adrenalina de una campaña presidencial in crescendo

Así, mis primeras dos campañas son ejemplo del fracaso de los llamados a unidad de los partidos, que más parecen una encostalada de víboras. En adelante, he visto de cerca varias campañas, que es lo mismo que decir varias maneras de ser candidato, cada uno con su cadaunada, porque cada aspirante a ser elegido en un cargo de elección popular tiene sus propias motivaciones para la política, su manera de ser, su forma de decir y hacer las cosas y de darle sentido a su propia vida. Por eso, y porque han cambiado frenéticamente las comunicaciones, de la manzanilla a las redes sociales, cada campaña política es un mundo que el candidato crea a su alrededor para que en un plazo perentorio cumpla con su objetivo, llevarle a ganar. 

A Claudia López la conocí haciendo campaña, si se puede decir así, por las candidatas Séptima Papeleta y Constituyente, triunfadoras ambas. De manera que, cuando 25 años después decidió entrar a la política, yo sabía que le abría la puerta a su destino. Creó un equipo de campaña como ella, al que exigió resultados por encima del promedio, revisó cada paso con meticulosidad, marcó los tiempos y dirigió los movimientos de cada paso para llegar a convertirse en la mejor senadora del país. He estado a su lado cuando, tres años después, emprendió la carrera por la Presidencia, hizo su campaña vicepresidencial junto a Sergio Fajardo y de remate, sacó adelante la Consulta Anticorrupción que alcanzó una votación histórica, superior a la de cualquier candidato presidencial. Ahora, su meta está puesta en llegar a ser la primera mujer alcaldesa de Bogotá. 

La manera como Claudia hace campaña dignifica la política e inspira a nuevos líderes regionales y locales. Sin buses para llenar plazas, sino recorriendo las calles entregando uno a uno su material de campaña, recibiendo abrazos y tomándose selfis como una rockstar; no se desgasta en agendas de políticos, crea las campañas para que caminen a su ritmo de exigencia. Al lado de Claudia he aprendido que buscar honestamente los votos y alcanzar un fervor popular genuino es posible cuando el esfuerzo no se hace solo para ganar carreras de fondo, sino que resiste y se sostiene hasta llegar al podio de la maratón.

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