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Opinión

  • | 2019/03/26 09:17

    Voldemort, el innombrable

    ¿Cómo enfrentar políticamente el terrorismo? La primera ministra neozelandesa abre una pista no exenta de debates

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El terrorismo es un recurso atroz de los fanáticos violentos. Su propósito esencial es sembrar miedo en la sociedad para lo cual dependen de tener una audiencia mucho más amplia que las víctimas directas de sus crímenes. Es por eso que los publicitan, los reivindican y los proclaman. La propaganda terrorista tiene otro objetivo: glorificar a los perpetradores, convertirlos en héroes inspiradores y reclutar nuevos asesinos y apoyadores.

Las comunicaciones, la propaganda, son inherentes al terrorismo. Hace años los grupos terroristas recurrían a los panfletos, las cartas a los medios y las entrevistas “exclusivas” para lograr sus fines propagandísticos. Pablo Escobar y sus secuaces usaron hasta el cansancio estos medios para amplificar el pánico y consolidar su imagen de implacables e invencibles. A principios de este siglo la televisión 24 horas y el internet le ofrecieron una plataforma global e instantánea a Osama Bin Laden. Hoy, las redes sociales y el mundo digital son la arena preferida de estos criminales disfrazados de políticos. La masacre perpetrada en Nueva Zelanda hace 15 días, transmitida en vivo por Facebook y reproducida miles de veces en las redes, es la mejor prueba.

La viralidad de las redes, la tecnología están siendo abusivamente instrumentalizadas por los terroristas para tratar de alcanzar sus fines. ¿Cómo defendernos y responder a esa nueva dimensión del desafío terrorista?

La reacción de la primera ministra Jacinda Ardern ha sido ejemplar. Con sus actos, con sus gestos, tomó partido claro por las víctimas, negándose al juego de la manipulación. Su empatía sincera, su dolor compartido, emocionaron a ciudadanos de a pie del mundo entero. Tomó una decisión que marca un hito. Se negó a llamar por su nombre al asesino, precisamente para negarle la notoriedad que aspiraba a alcanzar con ese baño de sangre. “Con este acto terrorista buscaba muchas cosas, una de ellas era la notoriedad, (…) es por eso que no me escucharán jamás pronunciar su nombre. Es un terrorista. Es un criminal. Es un extremista. Pero cuando yo lo mencione, será sin nombre. Les ruego: pronuncien el nombre de quienes ya no están, y no del que se los llevó”.

Su actitud valiente y honesta no estuvo exenta de críticas. Los defensores de la libertad de prensa y del deber de informar argumentaron que ocultar la identidad del criminal, sus motivaciones y su lógica no solo es una forma de censura sino que también termina por proteger a las ideologías radicales al no exponerlos a la censura social que su discurso –y acciones—de odio deben suscitar.

Se abre así un debate fundamental en la democracia con la inevitable tensión entre objetivos y principios loables pero contradictorios. Combatir al terrorismo desde la democracia siempre ha sido un reto complejo y lleno de disyuntivas morales y políticas. Las armas del Estado de derecho siempre parecen ser más débiles que la violencia ciega. Eso alimenta el argumento de los que pretenden que se debe combatir el fuego con el fuego, recurriendo a la violencia y suspendiendo las libertades públicas. Es un camino equivocado pues el terrorismo gana cuando las democracias renuncian a sus principios. Pero el riesgo de caer en la trampa siempre está ahí.

De igual manera, en el terreno de la libertad de prensa y de información, no podemos caer en el error de la censura. Los medios deben poder informar. Pero los deberes de los líderes políticos son distintos. Exigen una actitud distinta. La primera ministra Ardern asumió una posición inspirada en la conocida paradoja de Popper, según la cual no se puede ser tolerante con la intolerancia, sin ser arbitraria o totalitaria. Admirable ejemplo a seguir. Y alimento para la reflexión de quienes tenemos el enorme privilegio de expresarnos en los medios.

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