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Opinión

  • | 2019/06/06 20:16

    “Timochenko”

    Superadas agudas confrontaciones, podríamos concentrarnos en la tarea de acompañar a los guerrilleros que le apuestan a la paz. El ahora senador Londoño debería ser un actor fundamental

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La historia no es circular como lo creían, entre otros, los pueblos precolombinos; no avanza tampoco hacia un etapa superior en la que cesarán los conflictos sociales. Su rumbo no está trazado de antemano; será, salvo catástrofes naturales, lo que la interacción social determine. Miremos hacia el pasado, no en pos de un imposible retorno, sino para aprender sus lecciones. En la Colombia de hoy debemos hacerlo para reconocer los factores que nos dividen y para intentar superarlos. A partir de una actitud como esta debemos analizar el proceso de paz con las Farc.

La primera y dolorosa constatación es que nos dividió hondamente y que esa situación persiste. Por los motivos que fuere -no vale la pena detenerse de nuevo a señalar responsables- la negociación no estuvo precedida de un entendimiento sobre sus elementos fundamentales entre sectores políticos afines (que lo son en términos ideológicos a pesar de la aguda antipatía recíproca de sus líderes); fue, por ende, un proyecto gubernamental respecto del cual libramos una dura batalla. Habiendo sido rechazado el Acuerdo de La Habana en las urnas, aunque por escaso margen, se abrió un nuevo espacio de diálogo entre el Gobierno y sus adversarios, que también fracasó a pesar de que se habían renegociado cambios en el texto que unos consideran sustantivos y otros no. Se dió paso, entonces, al ciclo de refrendación del nuevo texto en el Congreso y a su convalidación constitucional; cumplidas ambas etapas, deberíamos estar de lleno en la implementación de sus dimensiones prácticas, referidas a la reintegración de los exguerrilleros, y al pleno funcionamiento de las instituciones estipuladas, primordialmente de la justicia transicional. En ambas dimensiones hay avances que podrían ser mejores.

No lo son por cuanto la polarización no ha cedido, circunstancia que coloca al Gobierno en una difícil encrucijada del alma: su fidelidad con los partidos que le hicieron ganar en primera vuelta, pero también con la necesidad de atender las posiciones, favorables integralmente al acuerdo del Teatro Colón, de aquellos sin cuyos votos en la segunda vuelta Duque no sería presidente. Superada la ardua confrontación relativa a las objeciones, y siendo claro que Santrich responderá por los crímenes que se le imputan frente a una jurisdicción extranjera, o ante la Corte Suprema -a la que no se puede menospreciar- se abre una posibilidad de entendimiento con relación a la propuesta, originaria del liberalismo, de una ley que interprete los alcances de las reglas sobre la eventual extradición de integrantes de la guerrilla y sus familiares. Las circunstancias apuntan a que esa coalición mayoritaria es posible: ni el Gobierno ni los sectores independientes pueden sacar adelante ese proyecto por separado; juntos lo lograrían.

En un ambiente de tranquilidad, o de menor pugnacidad, podrían valorarse mejor los esfuerzos que el Gobierno adelanta para la rehabilitación de los antiguos guerrilleros.  En su reporte del 29 de marzo, la misión de Naciones Unidas pone de presente los avances en los territorios. Cierto es que algunos proyectos todavía están en fase de preparación, que ha sido menester reubicar otros, que convertir guerrilleros con poca o nula formación en empresarios es tarea compleja, que hay desconfianza y temores, por desgracia fundados, en materia de seguridad. Algunos contingentes de jóvenes farianos demandan la posibilidad de educarse mejor; no puede haber una aspiración más justa. Nada de esto es fácil. Sin embargo, aunar esfuerzos en estas nobles causas entre partidos que difieren en muchos otros temas tiene que ser factible. La política tiene tanto de confrontación como de convergencia; sin aquella no habría democracia; sin esta la república es inviable.

En este escenario de distensión puede suceder que el ahora senador Londoño desempeñe un papel fundamental; de hecho, sus recientes acciones apuntan en esa dirección. Se requiere valentía para haber escrito hace pocos días que “(s)uscrita y cumplida la dejación de armas, no se trataba de sentarnos a lamentar con nostalgia los días de la guerra (…). Nuestro partido nació con el propósito de tender lazos y puentes con todos los sectores de la vida nacional (…) los planes de combate y el enfrentamiento quedaban atrás para siempre". Su reciente misiva al embajador de España, en la que rechaza el uso, en un acto de su partido, de la sigla del grupo terrorista ETA tiene enorme valor.

Las dificultades serán muchas. En la medida en que sus actuaciones adquieran mayor visibilidad se le enrostrarán los numerosos crímenes por los que ha sido condenado. El odio visceral y generalizado contra las Farc, que se funda en poderosos motivos, podría inducir a muchos a impugnar sus gestiones en pro del postconflicto con un grupo armado que fue el mayor de Colombia. Habrá de advertirse, no obstante, que mientras en los procesos de paz adelantados previamente en ninguno se pactó una justicia transicional, en éste se procuró conciliar los valores antagónicos de la paz y la justicia. Por primera vez en nuestra historia no habrá impunidad plena para los actores armados ilegales.

Los integrantes del partido fariano, bajo el liderazgo de Londoño, deberán jugarle limpio al país cumpliendo las obligaciones de aportar verdad plena y reparación a las víctimas como condición para gozar de los beneficios previstos en materia penal. Si satisfacen esas exigencias tendrán derecho a penas “restaurativas” que no implican cárcel; cuál sea exactamente el alcance de esta noción no lo sabemos todavía pero cuando, en casos concretos, la JEP la defina muchos se rasgarán las vestiduras, todavía más cuando adquieran conciencia cabal de que, bajo ciertas condiciones, los condenados no perderán su investidura parlamentaria y, en general, sus derechos políticos. La responsabilidad por línea de mando será también tema de complejos debates. Preparémonos para afrontarlos con madurez y patriotismo.

Briznas poéticas. En mi juventud leí un texto bellísimo de un poeta alemán cuyo nombre no recuerdo. Cito de memoria un fragmento: “Una escuadra aérea japonesa hundió, en medio del Océano Pacífico, un portaaviones norteamericano. / Ahora ángeles y aviones vagan por el aire: / no saben dónde aterrizar”.

     

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