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Opinión

  • | 2018/12/20 21:55

    Cuidar la vida

    Volver a criar. Sé de qué se trata, pero no deja de ser un mundo desconocido. Me persigue la eterna duda: ¿sí lo estaré haciendo bien? ¿Cómo es que es? Siempre hay una más experta que echa teoría sobre lo que necesita, cómo darle de comer, qué significa ese tono de llanto, esa mirada; o un sabihondo que, en medio de una crisis y al verme encartada comenta: “Desde que llegan, le están midiendo a uno el aceite”.

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Sé que no está bien visto que lo diga así, que comente que cuando entré a mi casa, sin ayudas de nadie y sin poder echar reversa ya, lo miré y me pregunté por qué diablos me había metido en esto, como para qué si ya tenía una vida organizada, es decir, libre de horarios, de comida especial, fechas de vacunas y valoraciones periódicas. Como para qué amarrarme de nuevo, para qué reeditar el trapito con agua con bicarbonato o, en casos más graves, con alguna fórmula de jabón con cloro que no se tire la ropa a la hora de limpiar. 

Hay días de sincera felicidad; otros, los menos, de desconsuelo. Volver a cruzar los dedos para que pase la noche, para que se acostumbre a dormir solo, para que los vecinos no me miren entre rayado y con compasión después de una jarana que se alcanza a oír por todo el vecindario y se refleja en mi cara. Sí, ya sé, al otro día toda la pesadilla se desvanece con el sol, a la hora del paseo por el parque y cuando entro al supermercado y oigo “tan divino, ¿cómo se llama?, ¿cuánto tiene?”, cosa que da ánimo, algo de orgullo y a él lo deja como carisonriente. Poco más.   

¿Dejarlo solo? Ni pensarlo a su edad. No está en capacidad de bandearse; tampoco lo puedo llevar a mi cita médica, mucho menos dejarlo parqueado en el carro. Mis amigas y parejas conocidas ya quemaron esta etapa y aunque la pueden entender y celebrar, la verdad es que están en otro cuento y mi plan no es su favorito. 

Otra vez revisar cables y tomacorrientes para evitar que se electrocute; otra vez mover ciertos objetos para espantar la tentación de que los coja y tengamos un desastre, o se los meta a la boca y se atore. Cada lugar debe estar lo más despejado posible para que se pueda mover con tranquilidad y yo logre leer con los dos ojos puestos en el libro. Afortunadamente me volvió a funcionar el radar intergaláctico que identifica peligros o potenciales accidentes, ese que surge de la nada cuando hay una vida nueva en la nuestra y queremos que crezca plena y feliz.

 Siendo honesta, ni su belleza ni el arrunche o las ocurrencias que tiene alcanzan a esconder la realidad de que criar es un camello, así sea un perro. La verdad es que no bastan las ganas ni la empatía. Se requiere tiempo, energía, dedicación, mucha paciencia y la voluntad real de abrirle un espacio en nuestra vida, que no significa dejarlo en el patio trasero ni aullando en el balcón estrecho del apartamento, donde nunca cabe si lo acompaña tanta soledad. 

En todo esto pienso mientras pasa el tiempo en la sala de espera del ortopedista. Va con 45 minutos de retraso; ahí seguimos los pacientes, pero a mí me corre el reloj en contra y no puedo decirles que me dejen colar porque necesito llegar a mi casa, urgente.   

Hace mes y medio adopté a Toby, un perro callejero muy joven y lleno de energía. Estoy feliz porque me gustan los animales y porque era un sueño acariciado desde hace años. Pero me daba miedo la responsabilidad y lo dependiente que puede ser un perro. Toby no llegó a mi cotidianidad por una ventolera, por una foto en Instagram que me pareció tierna y me movió a tener un perro propio. No llegó de sorpresa ni en un trineo o de la mano del Niño Dios, adornado con moño. Lo busqué y, para mi fortuna, rápidamente nos encontramos. 

Por eso hoy me sumo a la petición que sí es tendencia en las redes sociales: no compren, regalen o adopten mascotas en medio de la alegría de estos días ni por cumplir el pedido de una carta infantil o para “tener un bebé” con el amorcito de turno, ponerle moñitos y vestirlo de irresponsable ridiculez.

En Navidad y fin de año todo es jolgorio y novedad, pero pasados los clásicos tres meses de prueba, el perrito ya no luce tan simpático sino más bien intenso, y al gato le salen uñas y escupe pelos; para muchos se vuelven un encarte. Además, con las cuentas alegres de diciembre llegan los costos de mantener al animal y, cabe recordar, las mascotas tampoco vienen a este mundo con su pan debajo del brazo. Hay que cuidarlas de por vida. 

Ahí viene febrero y miles de animales –unos 120 mil al año, en Colombia- son abandonados o arrojados a la calle. El país suma hoy más de un millón de mascotas dejadas a su suerte, dato que tristemente también habla de cómo somos.

Si el propósito de la Navidad es celebrar la vida; que el de año nuevo sea cuidarla.

 

 

 

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