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| 6/8/2019 11:30:00 PM

¿Será posible gobernar así de solo?

El presidente Duque hoy no cuenta con el Congreso ni con las Cortes. Y el apoyo de su propio partido, el Centro Democrático, ha resultado un arma de doble filo.

¿Puede Iván Duque gobernar sin el apoyo de las instituciones? La situación del Gobierno en la opinión tampoco es favorable. Dos de cada tres personas desaprueban su gestión.

En un par de meses, Iván Duque cumplirá su primer año al frente de la jefatura del Estado, es decir, llegará a la cuarta parte de su mandato. Sin embargo, muchos perciben que le ha costado arrancar. Y para los más críticos, que no ha arrancado todavía. Ad portas de cerrar la segunda legislatura de su cuatrienio, Duque se ha convertido en un presidente con un gobierno bastante solitario. No cuenta con el apoyo del Congreso, su relación con las altas cortes atraviesa un mal momento, y tiene un sector de oposición en su propio partido. A lo anterior, se suman enfrentamientos con la ONU, el Banco de la República y el periódico The New York Times. ¿Qué tan fácil es gobernar así de solo?

En términos legislativos, el balance no ha sido positivo. El único proyecto que ha salido adelante tal y como lo presentó el Ejecutivo fue el de la ley TIC que acaba de ver la luz esta semana. Las otras dos leyes aprobadas, el Plan de Desarrollo y la Ley de Financiamiento, pasaron luego de un tormentoso proceso de mutilación y muñequeo en el Congreso. Y ambas transitan por su revisión de trámite y de fondo en la Corte Constitucional.

El presidente tendrá que cambiar la estrategia para darle un impulso político al ejecutivo y fortalecer su gobernabilidad.

Esa aparente animadversión en el Capitolio a todo lo que venga de Palacio ha tenido mucho que ver con dos aspectos: la política de no dar mermelada y la cruzada que emprendió el presidente por las objeciones a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Al objetar seis artículos de la ley estatutaria de la justicia transicional no solamente revivió el ambiente de polarización que hubo en la época del plebiscito. También se convirtió en una previsible derrota política que dejó en evidencia la debilidad de las mayorías de Duque en el Congreso. Y, por si fuera poco, lo metió en una confrontación directa con las altas cortes.

En un hecho sin precedentes, el gerente del Banco de la República, Juan José Echavarría, manifestó su preocupación sobre el impacto de la polarización en la economía.

Desde entonces, la rama judicial y el presidente no han tenido pocos choques de trenes. Ha quedado, incluso, la impresión de que varias de las iniciativas, que significan para el Gobierno un punto de honor, se estrellan contra un muro al llegar a las Cortes. Esa fricción salió a flote en el polémico caso del exguerrillero Jesús Santrich y en el episodio de las objeciones, en el que las diferencias de criterios entre la rama ejecutiva y la judicial fueron evidentes. En el caso Santrich, la reacción airada del presidente –muy en sintonía con la mayoría de los colombianos– en términos estrictamente jurídicos pareció un desafío a la JEP. En ese momento, las otras altas cortes salieron a respaldar esa nueva jurisdicción. A ese ambiente tensionado se sumó esta semana otro minichoque de trenes: la Corte Constitucional echó para atrás el decreto presidencial que prohíbe el porte de la dosis mínima, otro de los puntos que había defendido con vehemencia la Casa de Nariño.

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En el campo internacional, a Iván Duque tampoco le ha tocado fácil. Él y su equipo se la jugaron por contar con Estados Unidos como el principal aliado en dos causas que le darían fortaleza al país e imagen al presidente: la lucha contra la dictadura en Venezuela y la guerra contra el narcotráfico. El liderazgo de Duque para asfixiar el régimen dictatorial de Maduro lo ha posicionado como líder regional y adalid de la causa democrática. Pero el cerco diplomático y la posibilidad de que Juan Guaidó derroque al autócrata no se ve cercana. Mientras tanto, la migración de venezolanos hacia Colombia sigue en aumento, y el ELN se resguarda y fortalece militarmente en Venezuela bajo la égida de Maduro y sus secuaces.

La gobernabilidad hoy es débil. Llamar a los partidos para formar parte del Gobierno podría solucionar ese problema.

La lucha contra el narcotráfico, otra de las prioridades de este Gobierno, tampoco ha tenido buen recibo en la Casa Blanca. Ante un grupo de periodistas, Trump afirmó que Duque era un “muchacho con buenas intenciones”, pero que, desde su llegada al poder, había más kilos de coca colombiana circulando en las calles de Estados Unidos. La personalidad impredecible y pasional del presidente gringo, el hecho de que esté en campaña para la reelección y el fantasma de la descertificación podrían hacer que la alianza que Duque ha querido construir con él no acabe como un matrimonio feliz. Todo ello a pesar de los esfuerzos del Gobierno colombiano por luchar contra las drogas y erradicar los cultivos ilícitos.

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Más allá de Estados Unidos, la comunidad internacional no ha visto con buenos ojos los cambios que les quieren hacer a los acuerdos de paz. Los europeos, en particular, están muy comprometidos con la implementación del acuerdo con las Farc, y rechazan cualquier modificación al mismo. Tampoco han faltado tensiones y cruces retóricos entre el Gobierno colombiano y Naciones Unidas. En la ONU han alzado la voz para reclamar una pronta sanción de la ley estatutaria de la JEP, y avanzar en la protección de la vida de los excombatientes y de los líderes sociales. Esas declaraciones no cayeron bien en Palacio, y el Gobierno nacional respondió de manera enérgica muchas de ellas. Por ejemplo, el alto consejero para el posconflicto, Emilio Archila, calificó de irreponsable el informe de la ONU sobre el caso del exguerrillero Dimar Torres, asesinado por un cabo del Ejército.

Por los lados de la economía las tensiones se están empezando a sentir. Ante el ambiente de crispación política en torno a la paz, varios empresarios y dirigentes gremiales han expresado cierta inquietud por la forma como la incertidumbre podría afectar los negocios. Las cifras ya causan discordia y cada cual las ve según su perspectiva. El crecimiento económico del primer trimestre, de 2,8, fue menor al esperado, pero no malo. Pero el índice de confianza del consumidor de Fedesarrollo, en abril, registró -9,6 por ciento; el desempleo está en dos dígitos, 10,3 por ciento, y tiende a subir. Para el gerente del Banco de la República, Juan José Echavarría, la economía frenó y el crecimiento es insuficiente; y encuentra en la incertidumbre y la polarización parte de las razones.

El intento del Gobierno de buscar un pacto político con los partidos se desvaneció rápidamente porque estos no estaban dispuestos a cambiar lo acordado en La Habana.

Sin embargo, para Alberto Carrasquilla, ministro de Hacienda, la economía está rebotando y no hay evidencia empírica de que la polarización tenga efecto sobre decisiones de empresas y hogares. Mira con optimismo el crecimiento de este año del país, que para el Gobierno llegará al 3,5 por ciento. Además argumenta que Colombia crece por encima del promedio de la región. Dos visiones antagónicas de una misma realidad.

En las últimas semanas el Gobierno ha tenido duros contrapunteos con la ONU, el Banco de la República, y el periódico The New York Times.

Finalmente, el termómetro con la opinión pública, siempre volátil, permanece en modo pesimista. El presidente tuvo una luna de miel momentánea a comienzos de este año, con más de 40 por ciento de imagen favorable gracias a la respuesta de mano dura que le dio al atentado del ELN, y su intento de derrocar a Maduro y recuperar la democracia en Venezuela. Sin embargo, el tiempo pasó, y según la última encuesta Gallup de mayo, el 60 por ciento de los colombianos desaprueban la gestión del presidente y el 70 por ciento cree que las cosas van por mal camino.

La radiografía, hasta ahora, del Gobierno en los distintos frentes ha puesto en evidencia la necesidad de un cambio de tercio para darle oxígeno a la presente administración. Iván Duque dio un primer paso en ese sentido con su llamado a un gran pacto nacional. No obstante, ese intento no llegó a buen término, pues los líderes políticos manifestaron no estar dispuestos a aceptar un pacto para cambiar los acuerdos de paz, y mucho menos hacerlo sin la presencia de la oposición.

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En un ambiente preelectoral como el que marcará el segundo semestre de este año, generar consensos será aún más difícil, pero no imposible. El mandatario tiene tres años para lograr nuevas formas de liderazgo, que, si bien no deben acudir a la mermelada, sí podrían ampliar la representación política en el Gobierno o lograr banderas que cohesionen a los partidos y la opinión.

Aunque los desacuerdos del presidente con la estructura de la JEP son conocidos, puede ser hora de pasar la página para concentrarse en otros temas de interés nacional.

Para esos efectos, muchos analistas y políticos han planteado la necesidad de un cambio de ministros como una fórmula de darle un impulso político al presidente, ya que el gabinete tecnocrático no ha dado los resultados esperados, con algunas excepciones. Es cierto que estos nombramientos se dieron en el marco de una intención válida y necesaria de cambiar el esquema de relacionamiento clientelista entre el Ejecutivo y el Legislativo. Pero la realidad es que los ministros deben tener la cancha y el olfato político necesarios para lograr que el presidente tenga escuderos, el Gobierno apoyo político, los proyectos avancen, y todo en sintonía con la opinión.

Paradójicamente, el mayor apoyo del presidente, el del uribismo y su partido, el Centro Democrático, es un arma de doble filo. A esa colectividad la controla su ala radical, encabezada por el expresidente Álvaro Uribe. Esta ha tratado de embarcar a Duque en aventuras como acabar con la JEP, decretar la conmoción interior o convocar a una constituyente.

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Duque es mucho más de centro que el Centro Democrático, pero, al haber ganado la presidencia con el apoyo de ese partido, le toca caminar por una cuerda floja entre sus convicciones y las de la colectividad. El jefe de Estado ha sido hasta ahora hábil en encontrar un balance entre no meterse en propuestas que lo lleven a dar un salto al vacío y no pelear con Uribe. Pero esos actos de acrobacia política le están abriendo grandes boquetes a su gobernabilidad.

Este será el momento clave en el que el primer mandatario tendrá que pisar algunos callos dentro de su base para poder mirar hacia adelante, y gobernar también para esa gran parte del país que no comulga con las tesis del Centro Democrático. Deberá asumir el reto de dejar atrás el debate en torno a las objeciones y a la modificación de lo acordado en La Habana para concentrarse en los temas que congregan al país. Y para darle a su gobierno, de paso, el nuevo aire que definitivamente necesita.

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