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| 9/5/2020 4:00:00 AM

El eufemismo: el distractor en un país que pide llamar las cosas por su nombre

Decir las cosas como son parece cada vez más difícil en días de corrección política o simple descaro. En esta reflexión, Eduardo Arias denuncia al eufemismo como un artilugio que busca distraer la verdad.

Eduardo Arias analiza el uso absurdo y dañino del eufemismo en Colombia Ilustración: Jorge Restrepo Foto: Jorge restrepo
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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

En estos días circula por la red un meme en el que el conocido cantautor Silvio Rodríguez dice:

–Ojalá te quedes bizca, tartamuda y sin dientes.

Alguien le responde:

–Pero Silvio, no podemos poner eso en una canción.

A lo que repunta el cubano:

–Entonces pon “Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta”.

Esta broma toma como base uno de los versos de su canción Ojalá, y sirve para poner de manifiesto cómo el lenguaje puede hacer ver amable y hasta poético algo que en realidad es terrible o agresivo.

Eso viene ocurriendo desde hace varios años en Colombia, y volvió a ponerse de presente cuando el presidente Iván Duque manifestó que los atroces asesinatos de jóvenes que han ocurrido en estos últimos tiempos en el país no son masacres sino “asesinatos colectivos. Guardando las debidas proporciones, es como denominar “solución final” al holocausto del pueblo judío en Europa entre 1933 y 1945.

En Colombia estos eufemismos han hecho carrera para hacer ver normal o inexplicable las aberraciones y lo injustificable, pero también (en el caso concreto del periodismo) para evitar en ciertos casos demandas por calumnia y difamación.

La barbarie que ha asolado a Colombia a lo largo de casi toda su vida republicana ha dejado para la historia de la infamia expresiones como conflicto de baja intensidad, para relativizar la barbarie de guerrilleros, paramilitares y los organismos de seguridad del Estado; pesca milagrosa, para referirse a secuestros masivos en las carreteras; falsos positivos, para llamar asesinatos a sangre fría de inocentes de las clases más bajas a manos de organismos de seguridad del Estado; migrantes internos, para intentar darles a los desplazados por la violencia y la guerra el estatus de turistas o de emprendedores que van a las ciudades en busca de nuevas oportunidades; y a las pandillas de criminales que asolan los campos ahora se las denomina bacrim, un nombre que parece sacado del catálogo de un fabricante de fertilizantes y pesticidas. El presidente Duque acuñó el término cerco diplomático para darle un cariz más amable a una posible intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Y cómo olvidar al exsenador Álvaro Uribe Vélez cuando utilizó en su cuenta de Twitter un término desconcertante: masacre con criterio social.

En el terreno de la corrupción, los eufemismos se cuentan por decenas. Al ladrón de a pie desde tiempos ya lejanos se le dice amigo de lo ajeno. Pero si el ladrón o estafador es de clase alta (es decir, que pertenece a una “prestante familia”), se le denomina polémico empresario. Al peculado ahora se le denomina malversación de recursos públicos o de fondos. A la última reforma tributaria, que buscaba favorecer a los más favorecidos a costa de apretarle aún más el cinturón a la clase media y a los pequeños y medianos empresarios, se la denominó Ley de Financiamiento.

Y en la vida cotidiana decenas de eufemismos intentan dorar la píldora. Por un lado están los eufemismos políticamente correctos, que, en muchos casos, resultan ser aún más incorrectos. A los viejos y a los ancianos se les denomina adultos mayores, personas de la tercera edad (expresión que recuerda el término “países del tercer mundo”) y la coloquial y denigrante “abuelitos”, que las personas que andan por los 70 años consideran un verdadero insulto.

Los diminutivos, que en principio buscan hacer más amable la manera de referirse a una persona, en realidad logran por lo general denigrar la dignidad de esta. En las reuniones escolares los papás de los alumnos, o padres de familia, que suena más técnico, ahora son los papitos y las mamitas. Que no deben confundirse con los papacitos y las mamacitas, ni mucho menos con los papis ricos ni las mamis ricas.

Un uso recurrente de diminutivos se da en las reuniones sociales, donde a las personas les ofrecen un whiskicito o un vodkita con hielito, manicito y papitas. ¿Será que esa andanada de diminutivos reducen el grado de alcohol de las bebidas embriagantes o el nivel de sentimiento de culpa por consumirlas?

En el mundo de la salud los diminutivos también son una verdadera pandemia. En los consultorios es moneda corriente que inviten a las personas a quitarse la ropita y dejarla colgadita. A los convalecientes les recomiendan que se coman el almuercito antes de que esté friecito y les preguntan si ya hicieron popocito, como si el uso de ese término redujera el nivel de olor de la materia fecal.

Ahora resulta que los árboles son individuos arbóreos, que las carnes son productos cárnicos, que las protecciones son proyectaciones.

Los eufemismos también se hacen presentes a cada rato en el denominado lenguaje políticamente correcto, que ha convertido al castellano en una herramienta de alta peligrosidad que debe manipularse con un cuidado extremo, como si se tratara de material radiactivo. Palabras castizas, que dicen las cosas por su nombre ya no se pueden escribir ni mencionar sin arriesgarse a una mirada reprobatoria o a un insulto. Los viejos ya no son viejos (a menos que la palabra se use con el sentido paternal y afectuoso que le dan los argentinos o los franceses), los ciegos ya no son ciegos, los sordos ya no son sordos.

En el afán de no insultarlos o no discriminarlos se utiliza el eufemismo “persona en situación de discapacidad” y a renglón seguido auditiva, visual… o, sencillamente, discapacitado.

La comunidad sorda rechaza que a sus miembros se les diga que están discapacitados. Ellos no se sienten así. Ellos pueden desempeñar cualquier oficio y se comunican en su propio idioma, que es la lengua de señas. Entonces para ellos el término que los degrada y discrimina es el de “estar en situación de discapacidad” y no el de ser sordos.

No en vano los entes rectores de estas comunidades se denominan Instituto Nacional para Sordos (Insor) e Instituto Nacional para Ciegos (Inci), y no Instituto Nacional para Personas en Situación de Discapacidad Auditiva (o Visual).

Estas actitudes son más que comprensibles, ya que en un pasado por suerte ya lejano en la televisión y la radio se aceptaba que los humoristas se burlaran de manera despectiva e incluso denigrante de los defectos físicos de las personas, de su preferencia sexual, del color de su piel o de sus acentos y modismos regionales. Sin embargo, ese exceso de celo ha dado como resultado que el arte de la caricatura se mire con sospecha, pues en este oficio ha sido, desde tiempos inmemoriales, la exageración de los rasgos físicos de las personas o de sus muletillas.

En Colombia estos eufemismos han hecho carrera para hacer ver normal o inexplicable las aberraciones y lo injustificable.

Y en medio de esa explosión de términos y giros idiomáticos políticamente correctos han sabido camuflarse y establecerse toda suerte de palabrejas que intentan refinar los discursos de diferentes profesiones y oficios. Ahora resulta que los árboles son individuos arbóreos, que las carnes son productos cárnicos, que las protecciones son proyectaciones, que los problemas son problemáticas; que ya no se dice abrir sino aperturar, y así decenas de ejemplos más.

Lo cierto es que, por más eufemismos y términos rebuscados que se utilicen, las cosas son como son. Masacre es masacre, ladrón es ladrón.



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